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Miércoles, 28 de Marzo de 2012 | 11:41 am
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El asesinato de Matthew Shepard: Un crimen de odio que no debe olvidarse

La reciente muerte de Daniel Zamudio recuerda la historia del caso más sonado de un joven asesinado sólo por ser homosexual
El crimen de Shepard despertó una ola de indignación sin precedentes en todo Estados Unidos

 

Por: Ginno P. Melgar

 

La ola de indignación e impotencia que ha provocado en Chile la muerte de Daniel Zamudio, un joven de 24 años que, por lo visto, sólo había cometido el ‘delito’ de ser gay, nos permite traer a la mente un caso similar que en 1998 logró unir a casi todo un país en contra de los crímenes de odio por razón de orientación sexual.

Matthew Shepard era un muchacho de apariencia frágil, estudiante de Ciencias Políticas en la Universidad de Wyoming, en Estados Unidos. Descrito por sus padres como ‘un joven optimista y abierto que tenía un don especial para relacionarse con casi todos’, defendió desde sus años de adolescente la equidad y tolerancia entre todo tipo de personas, en pleno proceso de descubrimiento de su homosexualidad.

En 1996, durante un viaje de estudios a Marruecos cuando aún era alumno de secundaria, fue violentado sexualmente, lo que borró en él su característica sonrisa, y lo llevó a picos de depresión y aislamiento, según relataría su propia madre. Tal vez nunca volvería a ser el mismo.

La madrugada del 7 de octubre de 1998, Matthew conoció a dos muchachos de su misma edad en un bar de Laramie. Haciéndose pasar por gays, lo convencieron para subir a su camioneta e ir a un lugar más tranquilo. Matthew aceptó sin imaginar que iniciaba así su lento camino hacia la muerte.

Russell Henderson y Aaron McKinney, lo llevaron hasta un terreno descampado a las afueras de la ciudad y lo golpearon en la cabeza con una pistola. Lo bajaron a la fuerza del vehículo y continuaron torturándolo. De cara al pasto seco del lugar, Matthew intentaba huir inútilmente, y apenas conseguía levantarse hasta que recibía otro golpe en su cuerpo. Fue arrastrado hasta una cerca de madera, donde fue amarrado y abandonado descalzo, soportando las bajas temperaturas propias de la madrugada.

Dieciocho horas después del ataque, Matthew fue hallado por un ciclista que pasaba por la zona, quien en un principio creyó que se trataba de un espantapájaros. Había soportado el frío de la noche y el sol abrasador de toda la mañana y tarde, y aún así continuaba con vida, aunque ya había caído en coma. Su cuerpo se veía maltrecho y su cara repleta de sangre presentaba dos únicas líneas limpias que marcaban el camino de sus lágrimas. Fue llevado al Poudre Valley Hospital, donde murió cinco días después sin haber podido recuperar la conciencia.

El sentimiento de indignación fue inmenso y puso sobre el tapete la necesidad de modificar la legislación referente a los crímenes de odio en los Estados Unidos, que hasta el momento no incluía los ataques por razón de orientación sexual. Hubo quienes se expresaron en contra, y quienes incluso celebraron la muerte de Shepard, manifestándose con carteles como “Matthew Shepard va camino al infierno” mientras este agonizaba.

Tras años de dura batalla, y diversas trabas políticas y conservadoras (oposición que incluía al expresidente George W. Bush), la Ley Matthew Shepard fue promulgada finalmente por Barack Obama en el 2009, diez años después del brutal asesinato.

Los responsables fueron condenados entonces por homicidio ya que la legislación no era aún modificada. Henderson confesó y acusó a su cómplice, con lo que recibió cadena perpetua y logró salvarse de la pena de muerte. McKinney debería entonces ser ejecutado, pero fue el mismo padre de Matthew, Dennis Shepard, quien pidió a los tribunales que le permitan seguir con vida. Algunas versiones indican que este se dirigió al joven asesino diciendo:

“Le permito la vida que usted no le permitió vivir a mi hijo. Y recuerde cada vez que cumpla años, que mi hijo no podrá volver a celebrar el suyo, nunca más”.

Desde el asesinato de Matthew Shepard, son innumerables los crímenes contra homosexuales que se han perpetrado, pero quizá ninguno ha tenido la oportunidad de golpearnos tan cerca y de tener el impacto internacional que hoy ha alcanzado el de Daniel Zamudio. Tal vez, es hora de decir basta y comprender que se puede respetar el hecho de que una persona no vea con buenos ojos la opción sexual de otros, pero que nada justifica el arrancarle la vida a alguien por ello. ¿Cuántos Matthews y Danieles deberán morir para que lo entendamos?

 

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